Concurso Literario 2016-2017

¡Ganadores del Concurso 2016!

Más abajo puedes ver los nombres de los alumnos ganadores del Concurso 2016 y leer sus creaciones.
¡Son muy buenas!

lenguaiesperidis@gmail.com

GANADORES CONCURSO LITERARIO 2015.

1º y 2º ESO. Primer premio. Modalidad narrativa: Juan Grano de Oro. Caída libre.

1º y 2º ESO. Primer premio. Modalidad Lírica. Javier López Morales. Desde mi ventana.

Segundo ciclo y Bachillerato. 

Primer premio. Modalidad narrativa. Elena Rollán Martín. Hayat charbonnier.

Primer premio. Modalidad Lírica. Jaime Redondo Yuste. Siento.

Aquí tenéis sus textos.

 
1º y 2º de ESO.
 Primer premio. Modalidad narrativa.
Juan Grano de Oro. Caída libre.
 

Caída libre.

Era ya noche cerrada en el pequeño pueblo de Hollyfield y el viento soplaba fuertemente, arreciando contra todo lo que chocase. El silencio era sepulcral y parecía no haber nada que lo rompiera a excepción del viento. O eso parecía.

El profesor Howard Carlson caminaba apresuradamente en dirección hacia los acantilados del pueblo, con la cabeza gacha y mirada nerviosa hacia los lados, como si de un loco se tratase.

Intentaba ocultarse en las sombras que había entre los árboles, a pesar de que no había nadie que delatara su presencia. Sus pasos querían demostrar confianza y sigilo, pero no lo conseguían.

Solo tenía un pensamiento en la cabeza: destruir aquello que tanto trabajo le había costado crear, por su bien y el de todos, y acabar con su pobre y miserable vida.

Por fin, llegó a los acantilados y se quedó allí, plantado a un palmo de la muerte, ordenando sus pensamientos y analizando la situación.

Abrió el bolsillo izquierdo de su cazadora y de él extrajo un pequeño frasco, con un líquido que, en apariencia, parecía inocuo. Aunque no era así. Era el trabajo de su vida, y estaba destinado a cambiar la sociedad tal y como la conocíamos. A cambio, había tenido que dejar a su familia y amigos a un lado, para poder centrarse en su investigación.

La decisión había sido difícil, pero sabía que con ella salvaría al mundo de un gran problema.

Todavía recordaba el instante en el que el proyecto de su vida definitivamente llegaba a su fin. Aquello parecía otro tedioso día de horas y horas de trabajo frente al ordenador, las probetas y los líquidos y sustancias que tan bien conocía. Parecía que todo iba a seguir igual. Sabía que se encontraba cerca, pero no podía imaginarse cuanto. Se hallaba al límite de la vigilia.

Todavía no había llegado a comprender como ocurrió, simplemente pasó. Una tecla se accionó en su mente y, de repente, vio la solución. El enigma en el que había estado navegando durante días e incluso semanas estaba resuelto y estaba completamente seguro de que su investigación prácticamente había llegado a su fin. Tan solo tuvo que mezclar los elementos necesarios para la formación de la mezcla requerida y obtener el resultado final.

Tras las pruebas realizadas con posterioridad a su invención, se había demostrado que la vida de las personas podría llegar a extenderse más de treinta años, y algunas llegarían a sobrepasar los 160 años.

Había requerido tanto esfuerzo  y tantos sacrificios que el profesor solo podía ver las grandes ventajas que provocaría aquel fármaco, y no algunos problemas muy graves que complicarían la existencia del ser humano.

Durante un tiempo, era el hombre más feliz sobre la faz de la tierra. Sabía que su contribución a la ciencia sería reconocida internacionalmente y tendría serias opciones de ganar premios y distinciones tales como el Nobel.

Sin embargo, esta felicidad no fue más que un espejismo. Todos aquellos sentimientos se vieron truncados poco después.

El profesor paseaba tranquilamente por los alrededores del parque del pueblo, propagando su alegría y disfrutando de la vida, como en sus años de infancia. La vida era bella y era imposible que nada malo le ocurriera a él o a su recién acabado proyecto.

Pero, al volver a casa, la cruda realidad le pegó una bofetada inesperada.

Nada más entrar por la puerta del laboratorio, tuvo un mal presentimiento. Al ir a hacer su revisión  diaria del suero, vio que este había desaparecido.

Ni siquiera se molestó en buscarlo, sabía perfectamente que había pasado. Probablemente alguna gran compañía habría contratado a algún especialista para conseguirlo, y así atribuirse los méritos del invento.

Aún así, probablemente podría fabricar más frascos con el fármaco, con lo que el único inconveniente sería tener un competidor en la fabricación del medicamento, ya que no tendría  pruebas suficientes como para demostrar que compañía le había robado el fármaco.

En ese momento, cuando el profesor parecía estar más tranquilo ante la desgracia, fue cuando realmente pensó en cómo afectaría realmente su medicina.

Sabía que las personas serían mucho más longevas, pero, ¿qué provocaría esto?

En ese momento, el profesor realmente supo lo que había inventado. Probablemente, la duración de la vida humana se extendería de manera muy brusca, provocando un aumento de la población muy por encima de lo normal. Esto crearía problemas tan graves como la restricción de la natalidad, una disminución de los recursos muy precipitada, el aumento de la contaminación atmosférica y del calentamiento global de manera alarmante o muchas protestas y manifestaciones en contra del medicamento, que podrían ocasionar divisiones en la población.

Además, el fármaco era bastante seguro, pero habría una pequeña posibilidad de que hubiera efectos secundarios que podrían afectar muy gravemente a un gran grupo de personas.

El profesor de repente vio que, en unos segundos, había pasado de adorar las cualidades de su medicina a pensar que era un fracaso rotundo, y no podía aceptar que veinte años de su vida hubieran servido para crear un proyecto que no solo llevaría al fracaso, sino que podría crear situaciones inimaginables en todo el planeta, y que él fuera el causante de ellas.

Además, si la empresa que le había robado el suero lo comercializaba y había efectos secundarios tremendamente graves en él, le acusarían a él de haberlo llevado al mercado sin haber hecho las suficientes pruebas científicas para garantizar su seguridad, y tendría las de perder. Podría ir a la cárcel o, incluso, recibir cadena perpétua o de muerte.

Eso le llevó a una situación que él creía que jamás se plantearía: quitarse la vida.

En ese momento, llegó a la conclusión que le había llevado a estar a un pie de la caída de un acantilado de 50 metros.

Cuanto más rápido fuera, mucho más fácil. Dio un paso hacia adelante y dejó que uno de sus pies colgara en el vacío. El otro ya estaba en camino, ya estaba todo hecho, el profesor Howard Carlson había dejado de existir.

Sin embargo, no era así. De repente, una imagen acudió a su mente. El protagonista de ella era él, y estaba en una gran sala, rodeado de eminencias del campo de la investigación. Todos estaban levantados, y aplaudían al unísono la explicación que acababa de dar el profesor. El profesor había creado algo increíble, nunca visto anteriormente. Era algo que no tenía ningún fallo, una creación perfecta, que marcaría el devenir de la historia del ser humano. Justo cuando el profesor se daba la vuelta para ver la descripción que había sobre su invento en la pizarra digital, la visión acabó, y el profesor volvió a la realidad.

Se hallaba a un suspiro de perder el equilibrio y caer al vacío, pero el profesor reaccionó y se aferró milagrosamente al suelo. Esa visión le había hecho dudar. ¿Y si fuera él en el futuro? ¿y si consiguiera arreglar todo lo que ahora le parecía que había destruido? ¿Y por qué no intentar arreglar lo que había errado?

Entonces, pensó en una frase que le había dicho su padre cuando era pequeño: nunca te rindas, siempre intenta seguir adelante por muy difícil que sea.

El profesor, entonces, tuvo las ideas claras: ¿qué mejor forma de ayudar que parar algo que el mismo había empezado? Y después, ¿por qué no seguir intentando inventar cosas, después de haber salvado a la humanidad? y más tarde, ¿y por qué no intentar ganar el Nobel? Y a continuación, ¿por qué no intentar llegar a ser el mejor científico de la historia? ¿ y por qué no?

Con estos pensamientos, el doctor Howard Carlson se fue de vuelta a su casa, pensando que haría para enmendar el error que casi le cuesta la vida. Y para reflexionar acerca de sus creencias sobre Dios.

 

 

 

1º y 2º ESO. Primer premio. Modalidad Lírica. 

Javier López Morales. Desde mi ventana.

Desde mi ventana
Al mirar por mi ventana
una bella dama veo
mientras pasea sus canas
que acaricia el viento
Al mirar por mi ventana
una zona verde veo
con un parque de arena
y un perro meando dentro.
Al mirar por mi ventana
un verde gigante observo
sosteniendo una antena
entre sus enormes dedos.
Al mirar por mi ventana
otra sorpresa más tengo
está saltando una rana
mientras la mira el perro.
Al mirar por mi ventana
observo caer la noche
toca bajar la persiana
y daros las buenas noches.
 

SEGUNDO CILO Y BACHILLERATO.

 

Primer premio. Modalidad narrativa.

Elena Rollán Martín. Hayat Charbonnier.

 

HAYAT CHARBONNIER

 Era viernes el día en que la policía se llevó a Hayat Charbonnier para interrogarla.

 El gesto tuvo algo de simbólico, como todo el mundo pudo observar, mirando en silencio cómo los hombres uniformados se llevaban a una joven con la cara tapada por un velo oscuro.    Deprisa, sin embargo, todos volvieron a sus oraciones.
 Dentro del vehículo, Hayat actuaba con aplomo. Tenía veintiséis años y era periodista casera, es decir, ella escribía pero era un hombre de su familia quien publicaba y firmaba los artículos. El Gobierno había prohibido aquella práctica hacía casi una década, pero era un secreto a voces que se seguía realizando.

 Hayat no había salido de su casa desde que tenía veintiuno, al menos no de día, como todas las mujeres mayores de edad de su mundo.
 Un miembro de la policía la observaba con recelo, y Hayat se esforzó en mirar al suelo y no a la ventana (lo cual quebrantaba cinco leyes, entre la prohibición expresa de que una fémina estuviera en el exterior y las muchas otras al respecto del exhibicionismo o las insinuaciones sexuales), o, aún peor, directamente a la cara del hombre frente a ella (que no rompía cinco leyes sino cerca de una veintena, puesto que ni estaban casados ni eran familia cercana). Unió los dedos sobre el regazo y se preguntó de qué forma la torturarían con una resignación rayana al sometimiento.
 Hayat no estaba nerviosa. Sabía que había cometido un delito grave, castigado con la pena de muerte, pero cuando lo llevó a cabo era consciente de las consecuencias. No temía inculpar a nadie, porque había actuado sola, y su familia sería investigada, pero eran un clan de ideología intachablemente ortodoxa que pronto estaría limpio de sospecha. Su hermano pequeño era quien publicaba sus artículos en un afamado periódico de la capital, y lo más probable era que perdiera su empleo, pero los daños colaterales no pasarían de ahí.
 Hayat no tenía miedo.
 Por fin llegaron a la base central de la policía. Ni siquiera se molestaban en ocultar su brutalidad, sus salas de torturas y su oficina a disposición de chivatos, oficialmente CACETY (Centro de Ayuda Ciudadana para la Erradicación de la Traición a la Yihad): en el centro de la plaza había una tarima con los más diversos elementos de tortura, rodeado de un gran grupo de policías armados con rifles, pistolas, escopetas y porras. Alrededor, la vida seguía: los puestos de mercado rodeaban el escenario y la gente compraba y vendía sin prestar atención a los ajusticiados, que daban sus últimos gritos de vida en las máquinas.
 Hayat oyó gritar <>.

 No pudo evitar girarse y buscar el origen de aquellas palabras: un hombre encapuchado que aguardaba a que la afilada guillotina cayera sobre él recitaba a pleno pulmón las consignas de Francia, el país en el que había estado la ciudad antes del régimen. El preso las repitió de nuevo, pero entonces un policía le agarró del pelo y le arrastró al borde del escenario. Él, con la cabeza tapada, se tambaleó ante el súbito empujón.
 De pronto, todos en la plaza miraban. Ni siquiera los captores de Hayat la instaron a caminar.
 <>, repitió con fuerza el hombre, e iba a hacerlo de nuevo, cuando seis balas le atravesaron por distintas partes del cuerpo.
 Hayat retrocedió instintivamente, pero un policía la agarró. La soltó al instante, consciente de que había infringido una regla sagrada.
 El hombre del escenario se derrumbó, pero entre dos agentes le sujetaron y volvieron a incorporarle para que recibiera una segunda tanda de balas. La tercera le tumbó y ya no se movía en la cuarta. Los policías dispararon por quinta vez antes de darse por satisfechos.
 La tarima estaba llena de sangre.
 Hayat fue empujada entre los omóplatos con la boca de un rifle, pero ella lanzó por la borda todo el recato y la discreción que una mujer debía poseer y miró fijamente la multitud civil reunida en la plaza, buscando un rostro disidente, una sola cara rebelde, aunque sólo fuera el más mínimo gesto de repulsa, de asco, odio y rechazo.
 Sólo encontró miedo.
 Los agentes la condujeron hacia la oficina de la policía comentando entre ellos el episodio. Uno mencionó que el traidor tuvo una muerte demasiado rápida. Otro replicó diciendo que la muerte había sido rápida pero mucha gente la había visto. Un tercero añadió que así los demás se lo pensarían mejor antes de traicionar a Alá. 
 Hayat se quedó callada, rumiando su indignación. No le preocupaba la absoluta convicción de que no saldría viva de aquel cuartel, sino la expresión de completa doblegación de sus conciudadanos. 
 Hayat fue conducida a una fría sala de interrogatorio. Los policías se marcharon y la dejaron sola con un escritorio de madera oscura, dos sillas y el suelo gris, idéntico a las paredes grises y al techo gris.
 Se quedó de pie, alejada de la puerta gris y de las grises sillas. Hasta aquel día, Hayat había pensado que no era posible que un periodista odiara una palabra.
 Ella acababa de descubrir que odiaba varias: resignación, imperialismo, autoridad y gris, sobre todo gris. Pensó que aquel sitio era totalmente deprimente y entonces la puerta gris se abrió.
Por ella entraron cuatro personas: el interrogador, dos policías armados y un joven con una grabadora que se marchó sin mirarla a un rincón.
 -Siéntese.- dijo secamente el interrogador. Era un hombrecillo de baja estatura, más bajo que Hayat, con una pelusilla grisácea en la coronilla y los ojos muy saltones y muy grises.
 Hayat le odió de inmediato, pero obedeció. Los policías se colocaron junto a la puerta, y a ella no le gustó la manera en la que sujetaban las armas. No dudó que serían rápidos en usarlas.
 -Alá es grande.- comenzó a decir el chico con la grabadora. -Ocho de enero del año 1535 de la Era Musulmana. Sala de interrogatorios número ocho. Comienza el interrogatorio.

 Hayat miró en silencio cómo el oficial de policía encargado de su interrogatorio abría un cuaderno de tomar apuntes y leía por encima un par de anotaciones. No dijo nada mientras los segundos pasaban de forma sesgada, ya que no había manera de medir el tiempo allí dentro.

 Después de lo que le pareció una eternidad, el hombre carraspeó y la miró a la cara. Hayat iba a bajar la mirada por instinto, pero le vino a la mente la imagen del hombre con treinta agujeros de bala en el cuerpo, que había gritado <>, y le devolvió la mirada de forma desafiante.

 -Es usted periodista casera.- afirmó sin más el interrogador.

 -Las periodistas caseras no existen.- se defendió Hayat, y contuvo el impulso de limpiarse el sudor de las manos en el niqab.

 -Pero usted escribe artículos periodísticos, cosa prohibida para las mujeres.

 -Y es otra persona quien los publica, cosa también prohibida.- dijo Hayat. Empezaba a enfadarse, así que se esforzó en mantener la mente clara.

 -Son buenos artículos.- respondió con total tranquilidad el policía, y se recostó hacia detrás.   Sacó un cigarrillo y un encendedor de los bolsillos de sus pantalones y encendió el cigarro.

 Hayat estaba perpleja.

 -¿Por qué estoy aquí?- acabó preguntando.

 El policía la observó como un científico a una rata de laboratorio.

-¿Sabe qué centenario se cumplía ayer, mademoiselle Charbonnier?

 Ella asintió despacio. Por fin se acercaban a lo que ella había hecho.

 -Cien años del ataque al periódico francés.- dijo con seguridad.

 -De la defensa de la grandeza del Profeta.- corrigió el policía. Hayat se fijó en que ninguno de los dos había dicho el nombre del otro, pero él lo sabía porque estaba en los archivos, y ella no porque su cargo estaba escrito en francés en una chapa que colgaba de su camisa. Por primera vez, lamentó no hablar ese idioma, prohibido por el Gobierno hacía más de tres décadas.

 -Y usted, Hayat Charbonnier, difundió en la red varios artículos que no sólo lamentaban, sino que condenaban- al hombre le costó esfuerzo digerir la palabra.- esa reivindicación de nuestros derechos.

 Hayat pensó que aquel policía no tenía ni idea del significado de la palabra derechos, pero no lo dijo. Suficientes problemas tenía ya.

 -¿Qué me van a hacer?

 -Matarla, por supuesto.- respondió él, con la misma tranquilidad con la que habría afirmado que la silla en la que estaba sentado era gris.- Pero no podemos hacerlo en público, porque demostraría que las periodistas caseras siguen existiendo; y de todas formas los artículos ya han recorrido la red de arriba a abajo, y mostrar su ejecución no cambiaría nada.

 Hayat se preguntó si eso significaba que moriría de forma lenta y dolorosa o con la instantánea clemencia de una bala directa al cerebro.

 El policía parecía extrañamente complacido, cosa que le resultó mala señal.

 -Así que, dígame, mademoiselle Charbonnier, ¿qué deberíamos hacer?

 La joven supuso que era una pregunta retórica y se limitó a mirar la pelusa gris de la cabeza del hombre. Ausente, pensó que a lo mejor todo era gris porque la tiranía era contagiosa.

 -Bueno, primero, debería usted decirnos por qué lo hizo.- se respondió a sí mismo el policía. Volvió a reclinarse en el asiento con evidente satisfacción, como si acabara de hacer un gran descubrimiento, y Hayat se descubrió teniendo un ataque de ira al pensar que seres así ocupaban puestos de autoridad, y una persona cualificada como ella debía escudarse en la protección de un hermano, porque el hermano era un hombre y ella una mujer.

 Así que no midió sus palabras, ni contuvo sus emociones, ni habló en voz baja y tranquila, ni respetó (ni por un segundo) a la figura masculina que tenía frente a ella.

 -Lo hice porque esos periodistas eran inocentes.- espetó furiosa.- Lo hice porque eran personas, igual que yo, y tanto ellos como yo tenemos derechos, y si nosotros no luchamos por nuestros derechos, nadie lo hará. Lo hice porque estoy harta de no poder estampar con orgullo mi firma debajo de un trabajo bien hecho.

 El policía hizo ademán de interrumpirla, pero Hayat, sabiendo que ya no tenía nada más que perder, se levantó como un vendaval y apoyó las manos sobre el gris escritorio.

 -Y lo hice, sobre todo lo hice, porque sueño con un día en que no exista más gente como tú.- exclamó. Oyó a los dos policías armados levantar los fusiles detrás de ella, y fue plenamente consciente de que las bocas de los cañones apuntaban a lugares mortales de su cuerpo.

 La cabeza. El corazón. El estómago.

 -¿No tiene miedo a morir, mademoiselle Charbonnier?- preguntó el policía. Por un instante, Hayat había creído avistar algo parecido al miedo, o al respeto, en sus ojos igualmente grises, pero se fundieron en la convicción de que él era quien tenía el poder y la autoridad para cometer impunemente un asesinato.

 -No le tengo miedo a la muerte. Le tengo miedo a esta vida.- afirmó con seguridad Hayat.

 El policía asintió, pero la joven supo que el gesto no iba dirigido a ella.

 -Gracias por su colaboración, mademoiselle Charbonnier.- dijo con frialdad. El joven en la esquina apagó la grabadora y ambos abandonaron la estancia en silencio.

  Hayat se giró despacio hacia los dos policías que la apuntaban.

  Y, al oír el definitivo chasquido del gatillo, y al notar el impacto de la bala contra su pecho, no lo sintió por ella misma, que iba a ser libre, sino por todos los oprimidos que se quedaban atrás.

 

Primer premio. Modalidad lírica.

Jaime Redondo Yuste. Siento.

 

Siento

 

Cuando siento, mirando,

Este mundo en que estoy sentado.

Siento, estando sentado,

Que nada cambiará mientras siga sentado.

 

Entonces miro, de pie,

Infinitud de senderos de camino incierto.

De pie veo, a mis pies,

Caminos de sangre y de rosas espinosas.

 

Escucho algo erizar mi piel,

El grito desolado de una humanidad sobre ruinas.

Escucho gente no escuchar,

Y escucho infinitos sueños de esperanza.

 

Hablo con una voz. No es mía.

Hablo los sueños que ahora son uno,

Son todos distintos, pero son sueño.

Hablo del sueño que nunca quiso serlo.

 

Mis piernas flaquean, pero corro.

Veo un camino crearse ante mí. Destruir los otros

Y limpiar con bondad la sangre que dejaron.

Corro. La sangre que tiñó el suelo me da fuerzas.

 

La sangre recorre mi sien. Y miro hacia atrás.

Veo un camino liso, ornamentado,

Con siete mil millones de rostros mirando.

Siento la sangre y no la veo. Todo está donde debe estar.

 

Espiro y me siento. Y siento.

Siento un grito de felicidad.

Esos sueños de esperanza siguen estando,

Pero ya hay camino, ornamentado.

Me levanto. Y a continuar.